José María Calvo

    Conseguilo en

    gallery/libreria dunken

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    gallery/libreria el aleph
    gallery/ramos libros
    gallery/libreria factotum
    gallery/regala cultura

    Cuento infantil

    "Abuela"

     

    Tomás y Alejandro eran los chicos más dormilones de todo el mundo. Cada día su mamá debía hablarles, darles besos, hacerles mimos y ponerlos de pie sobre la cama para que empezaran a abrir los ojos, y a veces, ninguna de todas esas cosas funcionaba. En esas ocasiones les ponía el pantalón, la camisa, las medias y la corbata mientras seguían durmiendo. Así, parados, como si fueran zombis, con la cabeza cayéndose de costado y un hilo de baba colgando de la mejilla.

    Aquel lunes, sin embargo, los dos estaban despiertos cuando abrió la puerta de la habitación.

     

    –¿Cómo está la abuela? –le preguntaron los dos.

    –Bien, por suerte está bien –les dijo. Y si se portan bien, hoy mismo podemos visitarla.

    –¡Ehh! –festejaron, saltando sobre los colchones.

     

    El problema que padecía la tendría internada por un mes, o un poco más. Eso les decían todos. Tomás y Alejandro, no obstante, no les creían. ¿Qué le pasaba a la abuela? La preocupación no cesaba y creció cuando llegaron a la clínica, y continuó en aumento mientras subieron en ascensor y deambularon por los pasillos; a toda velocidad, por supuesto.

    Luego cruzaron la puerta y ahí estaba, Esperanza, la mujer pequeñita, de pelo blanco y anteojos que por las tardes les hacía la leche con chocolate y vainillas, les contaba cuentos o les preguntaba por la cantidad de novias que tenían, o los acompañaba cuando jugaban a la play, aunque no entendiera nada.

     

    –¡Hola, abu! –le gritaron, y se abalanzaron sobre ella.

    Los padres intervinieron de inmediato diciéndoles de fueran más cuidadosos, pero los chicos ya la estaban abrazando y ella a ellos.

    –¿Qué te pasó? ¿Te operaron?

    –No, todavía no –le dijo a Tomás, y desviándose a Alejandro. –Tengo algunos huesos gastados y me tiene que poner unos nuevos.

    –¿En serio?

    –Sí, pero no es nada. Ya en algunas semanas vamos a estar en casa comiendo torta.

     

    Se fueron. Los chicos estaban contentos y por eso habían vuelto a la normalidad, o sea, a pelear como hermanos. Se dejaron de hablar, cada uno tomó su lugar en el auto, y Alejandro empezó a mirar por la ventanilla. Y justo antes de llegar a destino, miró hacia la casa de enfrente, que era la de su abuela, y vio algo.

    Fue por un instante. Una forma asomó en la ventana y al siguiente segundo solo quedaba el lento movimiento de la cortina. Volteó la cabeza, para ver si su hermano lo había visto, pero no. Tomás miraba para otro lado con un dedo metido en la nariz. Al estacionar y bajar del vehículo Alejandro siguió mirando. En ninguna de las ventanas había nada.

     

    Cuando se hizo de noche le contó a su papá lo que había pasado.

    –Te habrá parecido –le dijo él. Y del asunto no se habló más.

    Al siguiente día la atención estaba dirigida hacia la propiedad de enfrente. A diferencia de sus padres, Tomás se tomó muy en serio sus palabras y en seguida empezó a inventar teorías. –Seguro que era un fantasma, decía. –No, un fantasma no. Un vampiro, agregó. –O un hombre lobo.

    –Para que te conté –le dijo Alejandro. Sos un fantasioso.

    No vieron nada, pero a media noche un vecino llamó por teléfono y su papá salió con urgencia. Al volver ellos lo estaban esperando.

    –¿Qué pasó?

    –Nada

    –Yo te vi –exclamó Tomás. Fuiste a casa de la abuela

    –Si. Me avisaron que las luces estuvieron parpadeando y después se apagaron. Creó que fue un cortocircuito. Corté la electricidad, por las dudas.

    “Dudas”, pensó Alejandro. Él también tenía dudas. Muchas dudas.

     

    Las semanas que siguieron vigilaron por turnos. Se ayudaron con los binoculares y con el telescopio. En cierto momento Tomás se levantó con un grito y, asustado, le dijo que una cosa negra lo miró desde la ventana. Ahora estaban seguros. Algo o alguien estaban en casa de su abuela.

     

    –Mamá dijo que la abuela viene mañana –le informó Tomás.

    Alejandro meditó un instante. Si intentaba hablar con su papá o su mamá no le iban a creer y si no hacía nada su abuela estaría en peligro.

    –Tenemos que ir nosotros –dijo al fin

    Tomás lo miraba con los ojos grandes y el dedo metido en la nariz.

    –¿Entendés? –le preguntó viendo que no contestaba.

    Tomás se sacó el dedo de la nariz y lentamente se lo llevó a la boca.

    –Sos un asco –le dijo.

    Y dando por contada su colaboración buscó un par de linternas y las llaves que necesitaba.

     

    Salieron. En su cuarto dejaron la televisión encendida y un cartel en la puerta que decía:

    No molestar. Estamos jugando a la play. Cruzaron la calle y con extremo cuidado giraron la llave. Eran las tres de la tarde y dentro de la casa la penumbra era absoluta. No había ningún sonido. Las luces de las linternas quebraron la oscuridad mostrándoles paredes, muebles y objetos desconocidos. Tomás no podía creer que aquella fuera la casa donde iba cada tarde a tomar la merienda. Caminaba uno casi encima del otro.

    En cierto momento la linterna de Alejandro iluminó una fotografía. En ella se mostraba un bebe con chupete y un nene con un triciclo; Eran su hermano y él años atrás.

    Continuaron avanzando. Tomás presionó varias veces un botón con la intención de encender la luz. Se dieron cuenta de que su papá no les mintió.

    Minutos después habían transitado por los dormitorios y el baño, lugares donde las ventanas a medio abrir dejaban entrar al sol. En este punto el miedo había disminuido bastante. No encontrar nada era grandioso.

     

    La cocina los esperaba unos metros más adelante. Avanzaron. Alejandro iba adelante y Tomás le sujetaba la campera. No tenés que ser tan miedoso, dijo el hermano mayor.

    –No puedo –le contestó. Quiero ser más valiente pero no me sale.

    –Sos un gallina –le dijo Alejandro, y con aire de soltura, examinó con su luz la mesada y los muebles de la cocina.

    De pronto vio que la heladera estaba a medio abrir; su hermano la estaba iluminando como indicándole sus próximos pasos.

    Se miraron.

    –Fijate –le dijo Tomás.

    Alejandro sintió un frío en la espalda y se asustó de antemano. Tenía miedo, pero también la obligación de abrirla. Sí, le dijo a su hermano. Y tomando el pomo de la heladera se dispuso a abrirla.

    Movió la mano, y antes de que pudiera sacarla, algo brotó y golpeó la puerta con fuerza. Alejandro lanzó un grito y cayó hacía atrás, su hermano se le tiró encima.

    –MAMÁ!!! –gritaron los dos.

    Lo que salió de la heladera se acomodó en la oscuridad de mesa y se perdió de vista.

    Los hermanos se acercaron a la pared y se abrazaron mutuamente. Tomás lloraba a grito tendido, y su hermano pensaba sin cesar. ¿Los comería? ¿Cómo podían escapar? ¿Qué era? ¿Se comería después a su abuela y a sus papás? ¿Se comería a los vecinos? ¿Tenía muchos dientes?

    Tomás gritaba como un loco. Alejandro sabía que como hermano mayor debía ayudarlo.

    –Shhhhh –le dijo. –Calmate

    Tomás lo miró con los ojos hinchados, llenos de lágrimas. Alejandro supo que lo iba a salvar, no sabía cómo pero lo iba a salvar. Sin pensarlo dos veces buscó entre lo que estaba a su alcance. Había un tomate, un sobre de mayonesa y una frasco de dulce de leche.

    Le dio el tomate a su hermano y levantó el dulce de leche. -Vamos -le dijo.

    Antes de que se pusieran en movimiento oyeron un sonido extraño. Era una especie de silbido. Trataron de escuchar mejor. Parecían palabras finitas, agudas.

    –Michi, michi, michi, michi…

    El sonido crecía.

    Alejandro levantó la linterna y se preparó para tirar el frasco con todas sus fuerzas. Su hermano lo sujetaba de la cintura como un koala colgado de un árbol.

    La luz le devolvía imágenes de muebles y paredes vacías. El corazón le latía a mil palpitaciones por minuto. Su hermano lo abrazaba y le apretaba las costillas. Se oyó un golpe seco y el eco de algunos pasos. El silbido seguía creciendo. Alejandro tenía tanto miedo que no se podía mover. Levantó la linterna y un par de ojos amarillos brillaron en la oscuridad.

    –MAMÁ!!! –gritaron.

     

    Cuando abrieron los ojos, las luces estaban prendidas y su papá estaba abrazándolos. Se incorporaron. Tenían los ojos hinchados, y no podían ver bien por las lágrimas.

    Detrás de su papá estaba su mamá y una vecina con un gato en sus brazos.

    Cuando volvió su abuela, un día después, le contaron con orgullo como habían entrado a su casa para protegerla de un posible monstruo. Y como el gato de la vecina, que se había metido por una ventana, los había asustado un poquito.

    –El que se asustó fue él –le dijo Tomás.

    –Sacate el dedo de la nariz antes de hablar –le contestó Alejandro.

    Su abuela los miró con amor infinito y una lágrima de felicidad surcó su mejilla. La querían un montón, de eso no había dudas.

     

    Fin