José María Calvo

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    Cuento infantil

    "Agustina y el coco"

     

    Quien conoce a Agustina sabe de sus andanzas o, peor aún,

    cayó en ellas. Padres, hermanos, tíos, compañeritos del

    jardín, vecinos, todos. Todos fueron alguna vez burlados

    por sus fechorías. Vistiéndose de fantasma para asustar a

    mamá, gruñéndole como un león a papá mientras mira

    distraído la televisión, hablándole con voz monstruosa a

    sus amiguitos, contando historias de vampiros a su hermano

    menor. Incluso le contó a su abuelito que un nene del jardín se sacaba los ojos y los escondía en la cartuchera, mientras que otro, que siempre se chupaba el dedo, se comió

    ambas manos y como no pudo escribir más lo tuvieron que mandar a su casa.

    Sí, esa es Agustina, o era, ya que hace poco dejó de asustar y también de inventar historias de miedo. ¿Saben por qué? ¿Lo saben?

     

    Cierto día Agustina estaba con Federico, su hermanito de tres años, jugando en su dormitorio.

    –Fede ¿escuchaste ese sonido? –preguntó ella.

    –No, no escuche nada

    –¿En serio no lo escuchaste? –preguntó nuevamente Agustina.

    –No, ¿Qué era? –preguntó Federico con ingenuidad.

    –Vino de debajo de cama –dijo su hermana, abriendo la boca y los ojos bien grandes.

    Y al tiempo que se levantaba, le gritó: –¡Es el cuco! ¡Es el cuco! ¡Te va a llevar y te va a comer los ojos!

    Y antes de que saliera de la habitación Federico ya estaba llorando.

     

    ¡AGUSTINA!, le gritaba su mamá. ¡Deja de asustar a tu hermano!

    Y luego la ponía en penitencia. Como siempre.

     

    Y terminado el castigo, Agustina volvía:

    –Cuando se haga de noche va a venir el cuco, te va a llevar hasta un bosque, te va a meter en una olla y te va a comer

    Y otra vez Federico se largaba a llorar y nuevamente la mandaban a la cama sin tele, ni compu ni nada.

    Y así siguieron toda la tarde del sábado.

     

    Por la noche sus padres tuvieron que dejar la casa para asistir a una cena, por lo que Agustina, Federico y el bebé, quedaron bajo el cuidado de sus abuelos.

    Hasta ahí todo era normal, Agustina hacía una que otra broma pero se mantenía tranquila. Aunque bajo su carita de ángel no dejaba de pensar. «Aprovechando que papá y mamá no están voy a darle un susto enorme a Federico»

    Con esta idea dando vueltas en su cabeza Agustina se fue a la cama. Lentamente pasaron los minutos, y la niña tenía los ojos bien abiertos en la oscuridad. Tras un largo esfuerzo se mantuvo despierta mientras todos se durmieron.

    Me voy a poner la máscara de Drácula para que se asuste más, pensó la niña disfrazándose en silencio. Y caminando entre las sombras se dirigió al dormitorio de su hermano.

    Agustina llegó hasta la puerta y la abrió sin encender la luz. Dio un paso y cuando estaba por dar el segundo… PLAF!!! PLAF!!! PLAF!!! Cayó dando tumbos en la oscuridad.

     

    Después de varias vueltas quedó por fin sentada en el piso. Entonces comprendió su equivocación; en lugar de ir a la habitación de su hermano había abierto la puerta del sótano.

    Intentó levantarse. La pierna le dolía tanto que apenas pudo moverla. Algunas lágrimas surcaron sus mejillas. Trató de gritar y de pedir ayuda, pero las palabras no salieron de su boca; al parecer se había mordido la lengua durante la caída.

    Enojada, triste y algo adolorida se puso a llorar.

     

    Todavía faltaban muchas horas para que amaneciese y Agustina estaba cada vez peor. Había esperado un montón, casi dos minutos enteros, y lo único que podía hacer –además de llorar como un sapo– era pensar en sus papás y en sus hermanos y abuelos dormidos.

    «Por qué quise hacer esa broma» se lamentó, y justo cuando lo hizo notó como algo se movía en la oscuridad.

    Agustina se asustó y miró sorprendida como una cosa grande, casi tan grande como su papá se le acercaba en silencio.

    –¿Estás bien? –dijo una voz muy grave.

    Agustina no sabía que contestar.

    –¿Estás bien? –preguntó de nuevo aquella cosa.

    La sombra se le acercó un poco más.

    –Me parece que se te lastimaste algunos dientes –dijo luego de examinarla.

    Agustina, dándose cuenta de que todavía tenía puesta la máscara de Drácula, le contestó: –No, esta no es mi cara. Yo estoy bien. Me duele un poco la pierna pero estoy bien

    –¿Y por qué hablas así? –le preguntó la sombra.

    –Porque me mordí la lengua. Por eso –contestó Agustina, y sin dudarlo le preguntó– ¿Vos quién sos?

    –El Cuco –le dijo la sombra– la mayoría de la gente me dice así, “el Cuco”

     

    Agustina no podía creer que el cuco existiera y mucho menos que estuviera hablando con ella, y muchísimo menos que no se la comiera como hacen los monstruos.

     

    Charlaron y después de muchas preguntas ya parecían amigos. En cierto momento Agustina se movió. –Ay, mi pierna –se quejó.

    –¿Te puedo ayudar? –le ofreció el Cuco

    –Si –le dijo ella– despertá a mi abuelo y avisale que me caí al sótano

    –No, no puedo –contestó el Cuco. Solamente los chicos me pueden ver

    –Bueno, entonces avisale a mi hermano

    –¿Al bebé?

    –No, al bebé no –Agustina se enojó. El bebé es muy chiquito y no sabe nada. Lo único que hace es ponerse el chupete y tocar mis juguetes

    –Bueno. Entonces le aviso al otro, a Federico

    –Si, a Fede. Avisale a Fede –dijo contenta.

    Agustina se acomodó en el piso y el Cuco subió por las escaleras.

    Y en menos de un minuto ya estaba de vuelta.

    –¿Y Fede? –le preguntó.

    –Apenas me vio se tapó la cabeza con la almohada y se escondió debajo de las sábanas

    Agustina se quedó pensando.

    –No sé porqué pero todos los chicos me tienen miedo. Yo nunca hice nada. Algunas veces escondo alguna zapatilla o me como algún crayón, pero nada más

    La nena lo miraba sin decir palabra.

    –¿Vos sabes porqué los chicos me tiene tanto miedo? –preguntó.

    Agustina no podía dejar de mirarlo y de sentirse mal. Finalmente tomó el coraje necesario para hablar:

    –Sí, lo sé. Porque hay nenas tontas, como yo, que les gusta inventar tonterías

    El cuco la miró en silencio.

    Agustina se puso a llorar y le pidió disculpas.

    –Está bien, está bien –la calmó el cuco. No te preocupes… lo único importante es que Federico venga a ayudarte, ¿Qué podemos hacer?

    –Que te parece si le haces cosquillas. Mi hermano es muy cosquilludo

    El Cuco subió por segunda vez las escaleras.

    A los pocos segundos se escucharon carcajadas y un minuto después el Cuco y Fede bajaban juntos de la mano.

     

    Esa misma noche, mucho después de que los abuelos se fueran a dormir de nuevo y ya con una Curitas en la pierna, Agustina, Federico y el Cuco se pusieron a jugar partidos en la Play. Y a partir de ese día Agustina no volvió a asustar a nadie.

     

    Fin