José María Calvo

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    "Carencia"

    Mi situación es muy similar a la de un insecto posado accidentalmente en la savia de un árbol. “Accidentalmente”... ¿Puede emplearse ese término? No, la verdad que no. Usarlo significa atribuir el carácter de eventual o de efímero a una situación que se repite de forma constante y, por desgracia, creciente. Mejor es pensar en un insecto atrapado en una telaraña. Esta evocación se ajusta en mayor medida para ejemplificar mi estado. 

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    Quieto, preso, sin posibilidad de escape y a completa voluntad de quien, en el rol de araña, puede visitarme las veces que quiere y hacerme cuanto se le antoje, para después irse y volver otra vez y, si quiere, otra vez más.... siempre.

    ¿Acaso puede hacer algo ese insecto, sin voz ni voto, para cambiar el papel que la naturaleza le dio? Sentir tristeza y miedo es lo que vengo haciendo desde que tengo memoria. Es lo único que podía hacer (valga la aclaración). Y, es que después de todo, estar preso es eso: saber que existe algo mejor del otro lado y no poder sortear los obstáculos necesarios para conseguirlo.

    Por eso hoy, linda telaraña, estoy empezando a aceptarte. Por obligación. Porque no me queda otra. Porque día a día voy olvidando la hermosa vida anterior y los pequeños momentos que supe disfrutar feliz. Lamento pensar de esta manera, pero temo que la realidad es así. Tuve días sorprendentes, descubrimientos únicos y sensaciones sin ninguna comparación (y, por lo que he visto, muchos como yo tuvieron esas experiencias), pero mi vida se fue opacando lentamente, y mi jaula (porque mi envase es así: una difícil masa que no sé manejar) que al parecer nadie comprende, me confina al aislamiento.

    No sé cómo se arreglarán los demás. Lo juro. No lo sé. Yo veo a la araña acercarse y lucho por escapar de sus “garras”. Me retuerzo, grito, lloro, golpeo, explico. Nada funciona. Ella actúa como si fuera mi dueña, y a nadie parece importarle.

    Si me escucharan, al menos. Si me entendieran…

    Al principio traté de buscar auxilio en cuanto ser hallé a mi alrededor: el individuo que vive con la araña, los que la visitan ocasionalmente, los del exterior… cualquiera. Tendí los brazos a criaturas de todas medidas y colores, y todos, cada uno de ellos, actuaron igual: me ignoraron abiertamente utilizando un lenguaje extraño e incomprensible.

    Tales circunstancias hicieron de mi existencia la de un simple insecto, sin ánimo, cohibido, carente de respuestas ante la temerosa sombra de araña detrás de cada paso. Pero hubo algo. Y fue el día de hoy. Un ser extraño con ropa extraña me miró como si me entendiera y con paso de insecto me animé a repetir dos palabras que oí muchísimo durante mi corta vida; y a ese balbuceo le sumé un movimiento que supo señalar una marca morada oculta bajo mi ropa y dije: “Mamá mala”.

    El ser, parecido a una araña, pero con otra ropa, salió conmigo a upa y se dirigió a otra araña mucho mayor. No sé lo que vaya a pasar. Como ya expresé, no entiendo su lenguaje. De todos modos voy a resistir. Como lo hice antes. Porque araña me enseñó a ser fuerte y a no quejarme.

     

    Ante la afligida mirada de la maestra la directora tomó el teléfono. Mientras esperaba a que alguien contestara no dejó de observar al bebé ni de pensar que pasaría por su mente.

                                                                                                                                 Fin