José María Calvo

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    Cuento "La escritora"

     

    “…volvió a sentarse observando con creciente

    inquietud el monitor..."

    Leyó poco más de un párrafo cuando se levantó.

    Estaba pasmada, inmersa en ideas confusas y agónicas.

    ¿Cómo podía ser?

    Sin darse cuenta retomó su posición; el cuerpo, víctima o cómplice silencioso, lo reclamaba.

    Y en medio de ese ardid alzó la vista.

    “…tratando desesperadamente de recordar continuó leyendo la minuciosa descripción de su escritorio, la casa, y los motivos por los cuales estaba sola en ese momento...”


    Cada palabra, cada párrafo, todo la arrinconaba aún más. Sentía como si llevase una bolsa de nylon enroscada al cuello. Buscando calmarse se obligó a pensar. Había estado escribiendo, sí, lo sabía, vivía de ello, pero ninguna de esas líneas le resultaba familiar. ¿Por qué escribir sobre ella? ¿Por qué detallar su situación? No tenía sentido. Nada lo tenía. Había encendido la computadora para corregir un trabajo y de repente… 
     

    Antes de retomar el documento sobrevoló involuntariamente la habitación. El gato de madera observándola con ojos verdosos, la luz parpadeante de la impresora, las fotografías en la pared, la novela de Jane Jensen esperándola a medio leer y la taza que su nieto le regaló.


    “… después de ver el pequeño rostro en la cerámica experimentó una aprensión viscosa. El nombre Agustín en la pantalla la hizo estremecer…”


    Abandonando el texto reparó en el extremo inferior izquierdo, en el número treinta y ocho. Treinta y ocho páginas de treinta y ocho.

    “…viendo que estaba por terminar reprimió el temor y continuó. Las agujas pronto se alinearon y unos pasos resonaron en la sala…”


    Marta elevó la vista. El reloj amenazaba con escasos segundos para la medianoche. Le pareció escuchar algo. Al borde del infarto volvió al monitor y ojeó el siguiente párrafo: “…picaporte… al abrir la puerta…”
    Ni siquiera lo pensó. Y quizás por eso logró cerrarla a tiempo. Luego se mantuvo así; sopesando la fuerza del otro lado mientras se debatía entre qué hacer.

    Pasaron minutos, horas, y Marta seguía allí, contra la puerta. Estaba cansada, afiebrada y, mucho después de soltar amenazas sin respuestas, convencida de que nada había sido real. Al ponerse de pie las cosas no cambiaron. Nadie intentó entrar y por fin pudo atribuir los hechos a una mera alucinación.

    De vuelta en su lugar, la pantalla, oscurecida por la inactividad, prorrogaba las cosas. Algo meditabunda movió el cursor. Lo primero que vio fue aquel fragmento que dejó inconcluso, lo segundo, que se había agregado una nueva página, la treinta y nueve:

    “...El hombre esperó a que Marta volviera a la computadora y se acercó en silencio. Tenía tiempo, la casa estaba vacía y ellos solos...”

     

    Fin